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sábado, 26 de junio de 2010

Gatos negros



La superstición que rodea al color negro se remonta a miles de años atrás, posiblemente al Egipto faraónico. Asociado al luto, al mundo de las tinieblas, los egipcios detestaron al gato negro, superstición que heredó el mundo cristiano y que perdura, en algunos aspectos, hasta nuestros días. Del gato se dijo que sus colmillos eran ponzoñosos, su carne envenenada, el contacto con su piel mortal, y su hálito infecto.
Sin duda es durante la Edad Media donde el gato, sea cual fuere su color, pero particularmente si éste era negro, resulta satanizado hasta tal extremo que la sola posesión de un gato negro bastaba para vincular a su dueño con la brujería. Por ejemplo, a principios del siglo XIII, “todas las personas que acojan un gato negro bajo su techo corren el riesgo de ser condenadas a la hoguera, según reza la bula “Rex in rama”. Claro que había, sin embargo, excepciones a esta regla: los gatos que lucieran en su pecho el llamado “dedo de Dios” (un mechón de pelos blancos) eran los únicos en librarse de ser masacrados.

Con esta suerte de estigmas, no resulta sorprendente que hoy en día la injusta fama del gato negro haya pervivido en multitud de refranes y creencias populares.

Así, por ejemplo, en España existe la superstición de que ver cruzar un gato negro por delante de nosotros, sobre todo en dirección de izquierda a derecha, nos acarreará una súbita mala suerte. En Francia el infortunio vendrá si se pisa la cola de un gato negro, y si este accidente tiene lugar antes del matrimonio, convendrá aplazar la boda como mínimo un año. En Gran Bretaña sin embargo,es el gato blanco el portador de los malos augurios y que un gato negro se paseara por delante de unos novios a punto de casarse representaba felicidad y fecundidad para los contrayentes.
Similar creencia existía en el pasado en torno a los marineros: consideraban que traía buena suerte tener un gato negro a bordo del navío, aunque no se podía pronunciar la palabra "gato", pues hacerlo acarrearía grandes desgracias en la mar.
Tal vez para prevenir esta eventualidad, las mujeres de los marineros solían tener un gato negro en casa para asegurarse de que sus maridos volverían sanos y salvos.

La Laguna Grande (La Gomera)

Se cuenta que una noche un campesino, montado a lomos de su burro, atravesaba el bosque. Estaba todo oscuro, hacía mucho frío y las ramas de los árboles golpeaban constantemente contra el hombre.
De pronto el burro comenzó a rebuznar y a correr inquieto, y acabó por tirar al suelo a su amo. El campesino, asustado, corrió por el bosque sin parar, tratando de encontrar al animal, hasta que vio un resplandor entre los árboles, y oyó unas voces, como cánticos, a lo lejos....
Se acercó hasta que la luz era cada vez más fuerte y podía escuchar perfectamente voces de mujeres que cantaban, reían y hablaban de manera extraña. Escondido entre las ramas pudo contemplar como en un gran claro del bosque numerosas mujeres mayores, vestidas con túnicas negras y pintadas de manera extraña, corrían alrededor de una gran fogata, levantando y bajando las manos, gritando, cantando extraños ritos satánicos. Eran brujas en un aquelarre.

De pronto oyó un rebuznar y vio como una de ellas decapitaba a su burro... La mujer clavó la cabeza del animal en un palo y danzó alrededor del fuego con ella, pasando el palo a las demás, mientras la sangre se deslizaba por el palo, y era absorbida por las hambrientas bocas de las brujas. Finalmente la lanzaron a las llamas y al instante el fuego desapareció absorbido por la tierra. Las brujas se sentaron en doce piedras, dispuestas en círculo alrededor de una piedra central, la de la bruja mayor. El campesino estaba hipnotizado observando el ritual cuando una mano se posó en su espalda. Se giró y vio como una de las bruja le echaba el aliento a la cara. El lo inspiró y sintió como una extraña niebla se metía en su interior, mientras la bruja le decía: “Todo aquel que conoce nuestro secreto, ha de morir”. Asustado echó a correr bosque abajo, y no paró hasta llegar al pueblo.
Una vez allí, cayó al suelo desplomado por el esfuerzo. Los vecinos acudieron a socorrerle, y lo metieron en la cama, mientras el hombre no dejaba de hablar de lo que había visto. Pasadas unas horas el campesino murió.
A partir de entonces las gentes intentaban evitar pasar por el bosque,
y cuando tenían que hacerlo siempre llevaban una hoja de laurel para evitar que se aparecieran las brujas. Hay muchas más historias sobre personas que han visto cosas extrañas en el bosque.